jueves, 21 de abril de 2011

Clara

No sé cómo fui capaz de decírselo. A las cinco y
media la cafeteria olía a sardinas enlatadas, y
era desagradable. La ví entrar. Llevaba su
sweter gris y zapatillas bajas, como de
costumbre.
- Hola. - Clara tenía una sonrisa inteligente. Una
sonrisa que daban ganas de morder. Podría
estar destrozada por dentro pero su sonrisa
borraba cualquier tipo de sensación interior a
ella. Se sentó a mi lado.
- Clara, tenemos que hablar. - Dije dejando
escapar un suspiro preocupante que hizo que el
gesto de Clara cambiase de forma repentina.
- ¿Qué pasa? ¿ Qué ha dicho el médico?
- Ahora ... Ahora ya no tenemos quince años.
Ahora te abrazo, y no por que sienta tan solo
cariño hacia tí. Ahora ya no fumo delante tuya
por que quiera parecer adulta. Ahora ya lo soy.
Ahora te conozco. Ahora sé como hueles recién
salida de la ducha, como saben tus mejillas y de
qué color exacto son las pecas de tu espalda. Ya
no me preocupa el tiempo ni su contenido. Y mi
alma puede hacerse pedazos , pero no me
inmuto si en ese momento, me besas ...
- ¿A dónde quieres llegar Eva?, ¿Qué te ha dicho
el maldito médico? - Dijo dejando resbalar, una
gota cristalina, desde su ojo derecho, hasta el
hoyuelo de su mentón.
- Que tengo tres meses para quererte. Que seré
cenizas dentro de un año. Que me voy, y que ya
no habrá más veranos para mí.
Clara se agarraba la cara con ambas manos.
Mirada incrédula hacia mi. Pasados tres
segundos comenzó a negar con la cabeza, sin
emitir sonido alguno. Le agarré la mano con
fuerza y la besé en los labios.
- Que me hagas caso, que cuides de tu hermana,
que te quiere, como yo. Que no seas tan
entrometida, que no te pintes las uñas, que lo
detesto. Que el flequillo no te sienta bien, y que
no uses colorete. Que eres preciosa, preciosa,
aunque no quieras verlo. Que tienes los labios
más bonitos del mundo entero, y sobretodo
recién levantada, tras tu siesta. Que me gusta
mucho cuando cantas por las noches, mientras
sonríes y me miras. - Sonreí nerviosa.- Que me encantan tus rizos
y tu brillo en los ojos. Y todo lo que aprendí de tí. Y tu
sonrisa. Me muero por tu sonrisa. Te quiero,
desde el primer beso en la mejilla, desde el
primer secreto en la habitación, desde la
primera caricia en Nochebuena. No me olvides,
nunca. Y ahora vete, no quiero que se haga más
duro.
Clara se levantó, me cogió el pulgar y lo besó.
Lloraba. Se marchó. La querré hasta mi último
segundo. Y su sonrisa se queda con mi alma.

martes, 19 de abril de 2011

Huele a verano


La joven de pelo largo y jersey ancho solía
sentarse admirando sombras y tacones en la
Calle Mayor. Por buena costumbre, escribía y
contemplaba indiferente los pasos de
muchachos afeminados que expulsaban humo,
corriendo éste, en dirección a ella. No le
molestaba. A decir verdad, nada parecía
inmutarla. No gesticulaba y era atérmica las
tardes de invierno y las noches de aquellas
estaciones que quedaban por descubrir.
Tal vez esperaba a alguien. Tal vez a mí.
En sus labios se insinuaban rastros de besos que
helaban su ambiente. Sus pestañas rompían el
sonido del acordeón, que contorneaba el
espacio, situado al final de la calle.
Sus mejillas me hundían en una claridad
de tonalidad beige.
Ya mis horas se deshacían cuando encendía un
cigarro.
Mi oficio de dibujante se basaba en su
estructura. Se había convertido, mi ser, en
principios de agonía distinguida, para todo
aquel que mostrase un ápice de interés por los
relatos que adivinaba en cada rostro, que frente
a mí, se sentaban ilusionados, esperando por su
idealización retratada. Cada rostro tenía
similitudes en sus gestos. Muy en el fondo, era
ella. Nunca la había retratado, pero lo hacía
constantemente, engañando a los compradores,
descubriendo perfecciones inexistentes en sus
facciones dibujadas.
El 24 de Octubre del 94 se acercó a mí. En un
papel emborronado me cedió letras ilegibles
que me descubrían su nombre y su problema
para articular palabra u oírla.
- ¿Podría retratarte? - Pregunté con aires de
grandeza, ocultando la vergüenza que
transformó en dos segundos mi palidez, en un
conjunto de colores cálidos.
Asintió, y dejó caer su mirada al horizonte.
Era la primera vez que la retrataba, de las cien
veces que robé sus rasgos.