sentarse admirando sombras y tacones en la
Calle Mayor. Por buena costumbre, escribía y
contemplaba indiferente los pasos de
muchachos afeminados que expulsaban humo,
corriendo éste, en dirección a ella. No le
molestaba. A decir verdad, nada parecía
inmutarla. No gesticulaba y era atérmica las
tardes de invierno y las noches de aquellas
estaciones que quedaban por descubrir.
Tal vez esperaba a alguien. Tal vez a mí.
En sus labios se insinuaban rastros de besos que
helaban su ambiente. Sus pestañas rompían el
sonido del acordeón, que contorneaba el
espacio, situado al final de la calle.
Sus mejillas me hundían en una claridad
de tonalidad beige.
Ya mis horas se deshacían cuando encendía un
cigarro.
Mi oficio de dibujante se basaba en su
estructura. Se había convertido, mi ser, en
principios de agonía distinguida, para todo
aquel que mostrase un ápice de interés por los
relatos que adivinaba en cada rostro, que frente
a mí, se sentaban ilusionados, esperando por su
idealización retratada. Cada rostro tenía
similitudes en sus gestos. Muy en el fondo, era
ella. Nunca la había retratado, pero lo hacía
constantemente, engañando a los compradores,
descubriendo perfecciones inexistentes en sus
facciones dibujadas.
El 24 de Octubre del 94 se acercó a mí. En un
papel emborronado me cedió letras ilegibles
que me descubrían su nombre y su problema
para articular palabra u oírla.
- ¿Podría retratarte? - Pregunté con aires de
grandeza, ocultando la vergüenza que
transformó en dos segundos mi palidez, en un
conjunto de colores cálidos.
Asintió, y dejó caer su mirada al horizonte.
Era la primera vez que la retrataba, de las cien
veces que robé sus rasgos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario