El viento y la lluvia se encargaban de desfigurar su aspecto ya demacrado.
El rimel tintaba su cara pálida y sus ojos azules se nublaban y enrrojecían sin poder evitarlo.
Vagaba por las vías del tren sin pensar nada. Ya no perseguía un -"¿Por qué?".
Esta pregunta había quedado olvidada tiempo atrás cuando sus padres le contaron que su madre tenía cáncer, que ya era tarde como para actuar, que ya no había nada que hacer mas que esperar...
A sus casi diecisiete años, Mery tuvo que enfrentarse a una cruda realidad, a un cambio repentino y fuerte en su vida, a la aceptación de la muerte de la mujer que le dió la vida. A la que recordaba siempre riendo, ayudando a todos, de la que jamás recibió una mentira, un reproche, un bofetón...
Llegó el día en que a la hora del desayuno no despertó, no contestó a los gritos y zarandeos de su hija, y ya no lo haría nunca...
Sola. Así se sentía Mery, como abandonada por el Dios en el que nunca creyó, pero que en este momento le habría gustado que existiese y que de un milagro salvara a su madre enferma.
Vencida, tirada en la vía, después de horas bajo la incesante lluvia sufriendo, la joven espera el tren que en cuestión de segundos, conseguirá reunirlas.
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