Necesitaba aclarar un poco mis ideas y supongo que escuchar a mi pequeño palpitador, cuando me llamaron por teléfono.
La melodía de -Hallelujah- me estremeció ésta vez, más que nunca, estaba un poco susceptible.
Era Sam, a veces creo que la única que me comprende de verdad. Me recordó que teníamos una cita así que me dispuse a ir a su casa patinando, no estaba muy lejos. Me puse los cascos que emitían ya algún Do Re Mi...Cogí la tabla y la solté salvajemente precipitando mis pies sobre ella, siempre en el aire.
En el cruce se oye brusco el bocinazo de un coche, el conductor morado de susto y rabia me dedica un par de gritos y se vá acelerando. Hoy no es mi día.
Por fin, llego a casa de Sam que me recibe con un abrazo envolvente y cálido que sólo ella sabe dar. Me ofrece unos nachos con guacamole, sabe que son mi delirio y que como el chocolate, calman tempestades; pero ahora en junio, el chocolate se hace empalagoso, más que nunca.
-¿Cómo lo llevas?
No sé ni como empezar a contestar y siento que voy a vomitar palabras sin sentido hasta cansarme.
-Bueno. Estoy harta de sus engaños, de verdad, se aprovecha de que lo adoro, de que no puedo resistirme a su olor, a sus ojos, en fin a él, ya sabes. No es justo. Lo quiero pero...
-Pero estás harta, me cortó Sam, tú misma lo has dicho.¡No mereces que te engañen!, además no es la primera vez... y con la tonta de Isabel. Todo el instituto lo sabe y es bastante humillante.
-Lo sé, le dije resuelta, voy a dejarlo, esta vez para siempre. Será un adiós.
-Ya, ya... dice Sam poco convencida.
-No Sam, estoy cansada, esta vez es de verdad.
-Suerte pequeña, por cierto, sabes que, me tienes para lo que necesites...
-Lo sé, lo sé... tranquila. ¿sabes? creo que ya no me siento tan mal. Mañana quedaré con él y le diré las cosas como son. Nada me lo impedirá.
Al día siguiente, cuatro pm cojo el móvil y marco...
-Hola Pablo, soy yo...
-Si, si lo he pensado.
-¿En el parque?, ¿a las cinco?, vale, hasta luego.
Salía de casa y olvidaba la cartera. Vuelvo corriendo, subiendo las escaleras de dos en dos y la cojo. ¡Lista! Voy saliendo pero se me ocurre una idea y doy media vuelta. Cojo mi bolsa All Star, regalo de mamá en mis diecisiete cumpleaños y la lleno con todos los premios de consolación que Pablo fue dándome a lo largo de sus engaños. Un peluche suave, una camiseta de lunares, un vestido de flores, un collar con una placa y nuestros nombres grabados; meto, también, su pijama... sin reparos, sin sentimientos mas que el de una ligera nostalgia, encierro entre la tela esos pequeños huéspedes que habitaron mi cuarto durante muchos meses.
Al fin salgo, ésta vez sin mi tabla, me apetece caminar y además el parque está muy cerca de mi casa.
Ahí está, lo veo, sentado en ese banco que cada vez más, me importa menos.
Me saluda. Me coge la mano con amor, yo la libero y le propongo pasear un rato y conversar tranquilamente.
Caminamos quince minutos en silencio y pronto llegamos a Samil.
Me apetecía un helado y se lo dije. Le pedí que me esperara afuera. Así lo hizo sin protestar.
Dentro me empecé a reir nerviosamente y sin razón, las personas que me rodeaban y yo, nos creíamos que estaba loca.
Más relajada conseguí pedir un cucurucho de frambuesa helada y salí al sol.
Sonriente Pablo se acercó, pero esta vez sin vergüenza lo aparté y le espeté:
-Estoy aburrida de esta situación y de tí.
-¿Cómo?-contestó, realmente sorprendido de mi nueva actitud hacia él-.
-Lo que has oído. No soy ningún entretenimiento, no me gusta que me utilices ni que me manipules. No me quieres y yo no quiero más noches sin dormir, ni más risas a mi espalda en clase. Se acabó -Dije conteniendo las terribles ganas que tenía de ponerme a llorar como una chiquilla.-¿Sabes? aún guardo la suficiente valentía para desearte que te vaya bien, de verdad, y que no te traten nunca como lo haces tú. Si conservas una pizca de dignidad vete y no me llames ni me busques más.
Con el corazón estrujado en un pequeño puño me dí la vuelta y con pasos poco decididos me fui alejando. A medida que caminaba me iba sintiendo, cada vez, un poquito más fuerte.
Las riendas de tu vida sólo las llevas tú y con el tiempo he comprendido que lo que a veces nos duele, lo que hace que imaginemos "no voy a salir de esta", no son más que malas etapas por las que todo ser humano con entrañas pasa. Todo es superable menos la muerte a fin de cuentas.
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